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LA CANCIÓN DEL PUERCOESPÍN

 

Cuando el conejo lanzó aquel chillido, todos los alumnos volvieron la cabeza. El conejo sangraba por una oreja.

Ha sido éste, dijo el conejo, señalando al Puercoespín. No fue con mala intención. Gimió el Puercoespín, intentando inútilmente disimular las púas.

 

La maestra, una vieja cotorra muy verde; pensó en enviar un informe al ministerio de educación protestando contra la admisión de alumnos subnormales en las escuelas comunes: El Puercoespín se pasaba el día pinchando a los demás con sus alfileres.

El Puercoespín por su parte estaba desconcertado. En su casa todo el mundo tenía púas y todo el mundo pinchaba; a él no le habían enseñado a comportarse de otra forma. La señora Puercoespín poseía unas defensas particulares muy afiladas y las de su marido se desplegaban con una rapidez asombrosa. No tenía muchas simpatías en el vecindario, pero al pequeño Puercoespín le hubiera gustado caer bien entre los compañeros de colegio. Todos los esfuerzos eran inútiles, la costumbre de erizarse era un instinto que se adelantaba siempre a sus buenos propósitos.

 

Un día el puercoespín se cortó las púas con unas tijeras. Sus compañeros de colegio le recibieron con grandes carcajadas y sus padres le recibieron con una soberana paliza.

 

Estaba previsto que lo suyo no tenía remedio, por lo tanto dijo: 

-Me las van a pagar todas juntas, de ahora en adelante me dedicaré a fastidiar a todo el mundo; y se refugió en el agujero a esperar a que le crecieran las púas.

 

Oh mamá Puercoespín, oh papá Puercoespín

Sois la culpa de todo lo que me pasa a mí

Por lo visto la gente más normal del país

Viene al mundo sin púas y es lo más de feliz

 

En la escuela del bosque cuando están junto a mí

Llora el verde lagarto, chilla el pájaro gris.

Al conejo que viste, de algodón tan sutil

Le ha dolido, mi sombra cuando le dí.

 

Al maestro le digo, que si soy así

Es porque hago en la escuela, lo que en casa aprendí.

 

Alfileres me dieron, alfileres vestí

Y ando entre alfilerazos, desde chiquilitín.

 

Quise ser como todos y un buen día cogí

Las tijeras que podan de Otoño el jardín

Fui cortando mis armas y al espejo me vi

Ni conejo, ni ardilla, ni al final Puercoespín.

 

En la escuela hubo risas y en mi casa un motín

Me dolió más la tunda que mi traje de crin

Y ahora espero y espero, mi venganza por fin

Cuando crezcan mis púas ya hablaremos de mí.